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Violencia de género: análisis de un problema social
ESTADO ACTUAL DEL PROBLEMA
La violencia doméstica contra la mujer se define, generalmente, como la realización de actos agresivos verbales, psicológicos, físicos y/o sexuales dirigidos contra la mujer por parte de su pareja dentro del contexto de una relación íntima con el fin último de mantener el poder y el control de la relación.
En todo el mundo, las mujeres son víctimas de violencia de género y, aunque las formas y los grados en que se ejerce varían en las diferentes sociedades, existen formas de violencia que tienen un carácter universal, como son: la violencia doméstica, la violación y el abuso sexual infantil. Son la privacidad del entorno donde se producen, junto con ciertas dosis de permisividad social, lo que ha contribuido a perpetuarla a lo largo del tiempo.
Es de conocimiento general que la violencia de género surge, en la gran mayoría de los casos, del hombre hacia la mujer. Los estudios científicos reflejan que la violencia en el hogar se ejerce, habitualmente, por el hombre y se dirige, preferentemente y con mayor frecuencia, a los grupos de población que, tradicionalmente, se han considerado más vulnerables, como son las mujeres, los niños y los ancianos (1).
Sin embargo, el hombre también puede ser víctima de violencia dentro del entorno familiar, aunque la incidencia con que se produce es anecdótica en comparación con la de las mujeres y la de los menores (2). Habitualmente, el maltrato psicológico es el más frecuente que experimenta el hombre adulto y se manifiesta a través de abusos económicos, indiferencia afectiva y aislamiento.
En la actualidad, vemos y oímos cómo los medios de comunicación informan continuamente sobre múltiples casos de violencia de género y ocurren, en la gran mayoría de los casos publicados, en el seno de la relación de pareja. Hechos que están alcanzando, para un gran sector de la población, tintes de alarma social debido a que, al hacerse públicos, da la sensación de que se ha producido un incremento alarmante. Sin embargo, el efecto es debido a que la mujer se atreve a denunciarlo más, pero son hechos que ya ocurrían y quedaban ocultos, en la mayoría de los casos, por el miedo de la víctima a las amenazas del agresor y al sentimiento de desprotección legal, bien por lentitud y falta de medidas eficaces sobre el agresor, bien por medidas de protección poco eficaces para la víctima.
La violencia familiar es, por lo tanto, un fenómeno con una alta incidencia en nuestra sociedad, aunque se desconoce su verdadera magnitud. Los datos disponibles por la Organización Mundial de la Salud (OMS) sugieren que entre un 20% y un 50% de las mujeres ha sufrido alguna vez actos de violencia de género en su relación de pareja y que un 25% ha vivido o vive una situación de violencia. En EE.UU., el 25% de las mujeres y el 7,6% de los hombres informan haber sufrido violencia física por parte de la pareja cada año (3). En Europa, las tasas por millón de mujeres mayores de 14 años que sufrieron actos de violencia en las relaciones de pareja oscilaron en los datos del año 2000 desde 12,62 en Rumanía a 0 en Islandia.
España tuvo una tasa del 2,44 (4). Centrándonos en España, el número de denuncias por malos tratos en mujeres a manos de su pareja se ha incrementado notoriamente, pasando de 19.535 en 1998 a 63.347 en 2007. En cambio, a la inversa, las denuncias de malos tratos en hombres a manos de su pareja fueron 10.902 (5) en 2007.
FACTORES CAUSALES Y DE MANTENIMIENTO
Durante muchos años se había creído que el origen de la violencia de género contra las mujeres era de tipo individual. Se buscaba en factores como el alcoholismo o la enfermedad mental la causa determinante y se toleraban o perdonaban ciertos niveles de violencia. Reflejo de dicha permisividad social son ciertos refranes populares como aquel que dice “Si tu marido te pega, no llores Lola. Más vale palo, que dormir sola”.
Desde hace años, se vienen publicando diferentes trabajos de investigación que apuntan hacia las relaciones de poder y de dominación como causas primarias de la violencia de género en las sociedades patriarcales como la nuestra. Es un hecho conocido que la violencia de género hacia la mujer se produce desde épocas ancestrales, pudiéndose situar hace unos 10.000 años, con las primeras sociedades agrícolas humanas que dieron origen al patriarcado como consecuencia directa del descubrimiento del papel reproductor del hombre –hasta entonces desconocido– originando la aparición de la herencia por vía paterna y de la propiedad privada.
La repartición de papeles entre géneros pasa de ser debida a razones biológicas y de eficacia –típica de la etapa preagrícola donde las sociedades humanas eran cazadoras y recolectoras de frutos–, a ser por razones sociales y económicas, con control político, social y económico del hombre y donde los valores asignados a las mujeres eran la sumisión, la fidelidad y el cuidado de los demás.
Aunque no hay ninguna causa conocida que produzca, necesariamente, que un hombre se convierta en agresor y que una mujer sea víctima, sí existen determinados factores asociados que predicen una alta probabilidad de causar su aparición: factores de personalidad como el carácter impulsivo y la ira generalizada, la dependencia del alcohol y de las drogas, los factores culturales asociados a la diferente socialización en el rol de género, haber sido víctima y más a menudo testigo de violencia en la familia de origen, el conflicto crónico de pareja junto con deficientes habilidades en comunicación y en solución de conflictos (6).
Hay dos características principales del inicio y mantenimiento de la violencia de género. Una, la intensidad creciente (7), pues la violencia no surge de pronto sino que es un proceso gradual, con una primera etapa donde la violencia es sutil, no percibida, con ataques a la autoestima y violencia verbal; en una segunda etapa, se aisla a la mujer y comienzan las agresiones físicas y/o sexuales. Otra, el carácter cíclico (8), donde las pequeñas frustraciones se van acumulando hasta que se produce el ataque agudo de violencia y que, tras el perdón de la víctima que actúa como reforzador –al no tener ninguna consecuencia negativa para el agresor–, hace que se incremente en frecuenciae intensidad con acortamiento de los ciclos.
Una vez instaurada la violencia, la mujer tolera la continuidad de la misma, “no porque le guste” como ciertas afirmaciones “machistas” expresan, sino porque entre otros miedos, como el temor al futuro, a la soledad, a que la violencia se extienda a los hijos en el caso de que los haya, a la dependencia económica que muchas veces tiene del agresor, a la resistencia a reconocer el fracaso de su relación y a la vergüenza que le supone relatar a su entorno las conductas degradantes a las que se ha visto sometida, se une el sentimiento de indefensión que padece y que es debido al sentimiento de que, haga lo que haga, no tiene escapatoria a su situación, puesto que todo lo que ha intentando no le ha servido para eliminar la violencia (9, 10).
Además de las consecuencias, tanto físicas como psicológicas que se ocasionan sobre la mujer víctima, existen consecuencias sobre los hijos, en el caso de que los haya, tanto por estar expuestos a la violencia de pareja como porque puedan ser victimizados, tanto física como sexualmente. Los hijos, en todos los casos, son testigos y, con frecuencia, víctimas directas de sus consecuencias.
Por una parte, por el sufrimiento que genera y, por otra, porque pueden aprender que la violencia es un recurso eficaz para hacer frente a las frustraciones cotidianas y repetir esta conducta en relaciones futuras.
CONCLUSIONES
Interesa, por lo tanto, una vez conocidos los distintos factores que ocasionan y mantienen las distintas formas de violencia de género y las agresiones sexuales, promocionar programas preventivos basados, fundamentalmente, en la educación tanto en la escuela como en la familia para fomentar un modelo educativo igualitario y no sexista (11).
Además de tratar de eliminar los modelos que presentan la violencia como una estrategia eficaz para solucionar los conflictos entre las personas y para afrontar las dificultades cotidianas e insistir en las consecuencias negativas que produce la violencia tanto en quien la sufre como en quien la ejerce, merece la pena invertir esfuerzos en la reeducación de los agresores, puesto que está demostrado que aplicar solamente medidas sancionadoras no reduce la frecuencia de la violencia en nuestra sociedad (6).
BIBLIOGRAFÍA
1. Johnson CF. Child sexual abuse. Lancet 2004;364(9432):462-70.
2. Instituto de la mujer. Denuncias por malos tratos a manos de su pareja. Violencia doméstica/un documento de el mundo.es. Disponible en:
http://www.elmundo.es/documentos/2004/06/sociedad/malostratos/cifras/html.
3. Tilley DS, Brackley M. Men who batter intimate partners: a grounded theory study of the development of male violence in intimate partner relationships. Issues Ment Health Nurs 2005;26(3):281-97.
4. Centro Reina Sofía para el Estudio de la Violencia. Violencia contra la mujer en las relaciones de pareja. Casos en países europeos, datos de 2000. Disponible en:
http://colt.cache.el-mundo.net/documentos/2004/06/sociedad/malostratos/imágenes.
5. Instituto de la mujer. Denuncias de malos tratos a manos de su pareja. Disponible en:
http://migualdad.es/mujer/mujeres/cifras/violencia/denuncias_tablas.htm.
6. Hurtado F, Ciscar C, Rubio, M. El conflicto de pareja como variable asociada a la violencia de género contra la mujer: consecuencias sobre la salud sexual y mental. Revista de Psicopatología y Psicología Clínica 2004; 1:49-64.
7. Sarasua B, Zubizarreta I. Violencia en la pareja. Málaga: Ediciones Aljibe, 2000.
8. Walker LE. The Battered Woman Syndrome. New York: Springer, 1984.
9. Echeburúa E, de Corral P. Manual de violencia familiar. Madrid: Siglo XXI, 1998.
10. Labrador FJ, Rincón PP, de Luis P, Fernández-Velasco R. Mujeres víctimas de la violencia doméstica. Programa de actuación. Madrid: Pirámide, 2004.
11. Hurtado F, Donat F, Pellicer RM, Royo A, Ripoll J. Efectividad de un programa de promoción de la salud sexual y de prevención de la violencia de género en adolescentes. Psicopatol salud ment 2007;10:9-20.
Felipe Hurtado Murillo.
Doctor en Psicología. Especialista en Psicología Clínica y Sexología
Facultativo Especialista de Área de la Agencia Valenciana de Salud. Centro de
Salud Sexual y Reproductiva “Fuente San Luis”, Valencia. Director del Máster
Universitario en Sexología y Salud Sexual y del Diploma Universitario en
Sexología y Salud Sexual. Profesor asociado del Máster Internacional en
Migraciones de la Universidad de Valencia, Valencia.
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