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Determinantes sociobiológicos de la moral sexual

  Cuando un organismo crece, sufre algún tipo de dolor. Crecer es a la vez enriquecedor y doloroso. Eso es precisamente lo que ha ocurrido con la especie humana desde que comenzó a distanciarse de los demás primates. Y como además el crecimiento fue espectacular, el dolor nos ha acompañado siempre a los seres humanos.

Quizás uno de los principales determinantes de este crecimiento fue el descubrimiento de la ignorancia o, lo que es casi lo mismo, el conocimiento.

Seguramente fue un largo y enriquecedor proceso, lleno de miedos e inseguridades, de angustias e incertidumbres, y también de una inmensa necesidad de búsqueda y de refugio a la vez.

Nadar en el marasmo de la duda es y fue la aventura más importante del ser humano. Aventura que ha supuesto un enorme salto evolutivo y a la vez una fuente inagotable de miedos e inseguridades. El inseguro y poco acogedor marasmo de la duda ha hecho, y hace, necesario para muchos el invento de asideros a los que agarrarse.

Desde que comenzamos a ser conscientes de nuestra ignorancia, comenzamos a intentar cubrir las lagunas de conocimiento. Lo hemos venido haciendo de dos formas. La primera, a base de la investigación y la búsqueda, es decir, la ciencia. La segunda, a base de la elaboración de dogmas y creencias, es decir, las religiones.

Desde entonces, conforme los hallazgos de la ciencia van ocupando espacio a la ignorancia, las creencias religiosas y pseudo-religiosas se repliegan hacia las zonas oscuras del conocimiento y a la vez se tornan más fundamentalistas, cerradas y agresivas. De hecho, en la actualidad son una parte importante de la base que sustenta las tremendas tensiones entre los humanos, las guerras y el terrorismo. En suma, de un mundo que no ha avanzado en absoluto hacia la madurez psicológica y hacia la paz. Una progresión que no se ha correspondido con el enorme avance tecnológico y científico de los últimos años. Este avance desigual ha marcado sobre todo a la cultura occidental, que a su vez ha contaminado a las demás culturas. Y en cierta forma es el origen de muchas de las patologías del mundo actual.

Este crecimiento en dos velocidades ha propiciado un modelo de sociedad muy sabia en tecnologías y poco versada en valores. Y los dolores del crecimiento han sido y siguen siendo en estos últimos tiempos especialmente acusados. Pero aceptar esta realidad no implica aceptar que en el futuro nuestra evolución tenga que seguir de forma ineludible esta peligrosa pauta. Es cierto que hay determinantes evolutivos que se escapan a nuestras decisiones, pero hay también muchas claves de nuestro futuro que dependen casi exclusivamente de lo que hagamos y de cómo lo hagamos.

Posiblemente nos quedan muchos dolores de crecimiento que padecer hasta alcanzar cierto grado de madurez que suponga un uso adecuado de nuestras grandes capacidades y de nuestro enorme vigor evolutivo.

Si esto no ocurre, la catástrofe está asegurada. Por tanto, el análisis de por qué hemos llegado hasta aquí y de cuáles son las posibles claves que marcarán nuestro futuro es cada día más necesario. Y el miedo y la inseguridad, a los que me he referido, pueden ser fundamentales.

Pero además hay otros elementos, poco analizados en general, a los que habría que prestar una atención especial. Es precisamente en estos elementos en los que quiero profundizar. Son poco valorados como determinantes decisivos en la evolución humana, pero estoy convencido de su enorme trascendencia, tanto en el pasado como en el presente y el mañana.

El hecho sexual ha sido un elemento determinante en nuestra evolución, de suma importancia. Importancia que contrasta con el desdén, el ocultismo, la frivolidad y la hipócrita indiferencia que la sociedad occidental ha prestado a un hecho que inunda nuestras vivencias cotidianas, nuestras costumbres, nuestros miedos, nuestras contradicciones, nuestras actitudes vitales y finalmente nuestras conductas.

Después de años investigando en las profundidades del hecho sexual humano y sus repercusiones sobre nuestras vidas, creo que en él podemos encontrar buena parte del origen de nuestra situación actual. Y como es lógico y consecuente, también creo que en este hecho podemos encontrar una buena parte de las claves de nuestro futuro, ya que las claves de nuestro pasado son, desde luego, un importante cimiento de las claves de nuestro futuro. Cuando sentimos fobia por alguien o algo, se produce una reacción que se traduce en cada uno de nosotros en una respuesta fisiológica, en unas sensaciones y en un comportamiento determinado. Lógicamente, todo nos induciría a pensar que las claves tanto de la respuesta fisiológica como del comportamiento dependen del individuo que siente la fobia, de sus características personales, de su historia y de su currículo. Pero si reflexionamos un poco más profundamente, nos daremos cuenta de que esto no es exactamente así. Pongamos algunos ejemplos. Hay muchas personas que tienen fobia a las arañas. Cuando una araña se posa sobre la piel de estas personas, en todas ellas se produce una reacción fisiológica que consiste en una aumento de la frecuencia cardíaca, de la frecuencia respiratoria y de la presión arterial. También se produce un comportamiento de agitación corporal, poco eficaz en la mayoría de las ocasiones, para quitarse la araña de encima.

Este comportamiento y esta reacción fisiológica se repiten de la misma forma en casi todas las personas que tienen fobia a las arañas. En cambio, cuando el objeto de la fobia es otro, podemos observar que todo puede cambiar. Si el objeto causante de la fobia es la sangre, la sola visión de ésta produce en las personas que padecen esta fobia una reacción fisiológica totalmente diferente: la presión arterial se viene abajo hasta tal punto que en muchas ocasiones termina con una lipotimia. Esto se repite en todas las personas que padecen fobia a la sangre y parece que en todas las culturas humanas. Y qué decir de esa desagradable sensación que muchos sentimos y que llamamos popularmente “dentera”, que se produce cuando oímos el roce de un objeto puntiagudo contra una superficie dura.

La conclusión sería que las reacciones fisiológicas, las sensaciones y los comportamientos que se desencadenan ante una fobia determinada dependen más de la naturaleza del objeto causante de la fobia que de las características personales del sujeto que la padece. Por tanto, las claves de estas reacciones, sensaciones y comportamientos habrá que buscarlas más allá de los currículos individuales, de la ontogenia, de cada persona.

Si además se repiten en diferentes culturas, estas claves serán aún mucho más ancestrales.

En definitiva, para comprender muchas cuestiones que conciernen al hecho sexual humano, tendremos que habituarnos a explorar claves mucho más arcaicas de las que hasta ahora hemos buscado. Todo eso que normalmente denominamos “lo cultural” tiene raíces muy profundas y difícilmente separables de la herencia. La ontogenética sola es un campo limitado para poder comprender todas las claves del proceso de sexuación humano (1).

Es decir, todas las personas tenemos una historia individual, un currículo personal, en definitiva, un proceso de sexuación propio y diferente de los demás. Pero también tenemos una historia como miembros de una cultura, como miembros de una especie, como primates, como mamíferos y como seres vivos.

Y todo ello influye de forma decisiva en la resultante final. Por ello es necesario explorar la escala filogenética, y las claves antropológicas y transculturales de la sexualidad humana (2).

De toda esta ingente búsqueda realizada desde hace años, resaltaré en este editorial las dos cuestiones siguientes:

  1. ¿Cuáles son los determinantes de la moral sexual cultural en cada sociedad humana?
  2. ¿Cuál es la trascendencia de estos determinantes en el papel de la mujer y del hombre en cada una de las diferentes culturas?


Basándonos en un estudio transcultural realizado sobre la bibliografía de diferentes antropólogos (3, 4) y alguna investigación de campo propia que aún está por publicar, podemos concluir en la gran importancia de los determinantes sociobiológicos en la conformación de la moral sexual de cada cultura. Estos determinantes sociobiológicos están cimentados sobre todo en el tipo de ecosistema en el que se asienta cada cultura humana. El ecosistema va a generar una serie de necesidades, de las cuales algunas podrían influir muy directamente sobre la estructuración del modelo de moral sexual:

  • Necesidad de generar agresividad.
  • Necesidades demográficas.
  • Necesidades de variabilidad genética.


Todas ellas van a estar fundamentadas en el mayor o menor aislamiento que el ecosistema produce en la sociedad humana que lo ocupa. Es decir: que los ecosistemas aislantes determinan en las culturas que están asentadas en ellos una moral sexual diferenciada de la que se conforma en ecosistemas no aislantes.

Y esto ocurre fundamentalmente porque el aislamiento tiene consecuencias entre las que podemos destacar dos:

  • Evita la competitividad de vecindad.
  • Produce una mayor endogamia, con el consiguiente empobrecimiento genético.

Lo que no evita el aislamiento es la necesidad de control demográfico, porque ésta va a estar en función sobre todo de la disponibilidad de recursos (espacio, nutrientes, etc.). Pero sí hace diferente esta necesidad de control, que en el caso de sociedades aisladas por el ecosistema no han de soportar y controlar la presión demográfica de las sociedades vecinas. Todo esto tiene consecuencias sobre la estructuración de la moral sexual y sobre el papel de la mujer.

En definitiva, las sociedades no aisladas que viven en vecindad con otras (5, 6) se caracterizan por:

  • Mayor necesidad de generar agresividad para hacer frente a la competitividad de vecindad.
  • Necesidad de controlar la presión demográfica propia y también la de las sociedades vecinas.
  • Menores problemas de endogamia.


En cambio, las sociedades que se han implantado en ecosistemas aislantes (islas pequeñas, desiertos, selvas, zonas poco accesibles, etc.) se caracterizan por:

  • Menor necesidad de generar agresividad.
  • Necesidad de controlar la presión demográfica propia, pero no la de las sociedades vecinas.
  • Mayor endogamia y mayor posibilidad de empobrecimiento genético.

Revisada la moral sexual de multitud de culturas, encontramos que las culturas implantadas en ecosistemas no aislantes presentan características comunes y diferenciadas de las culturas implantadas en ecosistemas aislantes.


Las culturas no aisladas por el ecosistema están caracterizadas en mayor o menor grado por:

  • Ser restrictivas con las relaciones sexuales prematrimoniales, extramatrimoniales y con la homosexualidad.
  • Un papel secundario de la mujer y de lo femenino en lo social, en lo económico y en lo sexual.
  • Un fuerte grado de agresividad, que se expresa en todas sus manifestaciones sociales y culturales.


Las culturas aisladas por el ecosistema se caracterizan por:

  • Ser permisivas con las relaciones sexuales prematrimoniales, extramatrimoniales y con la homosexualidad (7, 8), y ser menos genitalizadas. Pero sí suele ser acentuado el tabú del incesto.
  • Un papel destacado de la mujer y de lo femenino en lo social, en lo económico y en lo sexual. Práctica frecuente de la hospitalidad sexual por parte de la mujer.
  • Un bajo grado de agresividad, que se expresa en todas sus manifestaciones sociales y culturales.


Todo esto invita a algunas reflexiones:


¿Tienen relación las necesidades generadas por el ecosistema con las características que conforman una determinada moral sexual?
¿Las restricciones de las relaciones sexuales, aparte de controlar el crecimiento demográfico, contribuyen a generar más agresividad?
¿Las sociedades más agresivas, que coinciden con las más reprimidas, relegan a un segundo plano a la mujer y a lo femenino?
Y todo esto ¿qué trascendencia tiene en el pasado, presente y futuro de nuestra propia cultura?
¿Vivimos con una agresividad más allá de la necesaria?


Si eso es así y dada la coincidencia entre sociedades que son básicamente pacíficas y las que son sexualmente relajadas con las sociedades en las que la mujer tiene un papel preponderante: ¿sería necesario feminizar el futuro y disminuir las restricciones de nuestra moral sexual, para eliminar la agresividad sobrante?

“Trata de comprender el agua, los minerales, la vegetación, la conducta animal, y luego es fácil comprender la conducta humana”. George Goodstriker, anciano kainai (pie negro), Canadá.

“Haz el amor, no la guerra”. Eslogan de los hippies a partir de 1968

M. Lucas Matheu

Referencias

  1. Lucas M. Los procesos de sexuación: niveles biológicos. Revista de Sexología 1986; 25. Ediciones del Instituto de Sexología. IN.CI.SEX.
  2. Lucas M. Invitación a una Sexología Evolutiva. Ediciones del Instituto de Sexología. IN.CI.SEX; 1991.
  3. Broude GJ, Greene SJ. Cross-cultural codes on twenty sexual attitudes and practices. Ethnology 1976; 15: 409-29.
  4. Ford CS, Beach FA. Patterns of Sexual Behavior. New York: Harper & Brothers; 1951. Ed. cast.: Conducta Sexual. Editorial Fontanella; 1969.
  5. Koch KF. War and peace in Jalémó: The management of conflict in highland New Guinea. Cambridge, Mass: Harvard University Press; 1974.
  6. Heider KG. Los Dani Kurelu. Peoples of the World. Tom Stacey Ltd. Europa Verlag. Ed. cast. Pueblos de la Tierra. Salvat Editores S.A., 1981; 2: 52-7.
  7. Malinowski B. The sexual life of savages in North Western Melanesia. New York: Harcourt, Brace & Co., Inc.; 1929. Ed. cast.: La vida sexual de los salvajes del noroeste de Melanesia. Morata; 1975.
  8. Mead M. Coming of age in Samoa. New York: Wiliam Morrow & Co.; 1932. Ed. cast.: Adolescencia, sexo y cultura en Samoa. Planeta-Agostini; 1984.

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