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La comunicación sexual
Existen cuestiones que, quizá por parecer excesivamente obvias, no llegan a plantearse con detenimiento, lo cual limita y, a veces, hasta impide su clarificación.
Una de estas áreas es la que tiene que ver con la comunicación sexual.
Sabemos que el impulso sexual es un impulso primario, no homeostático, es decir, no se inicia por un desequilibrio interno y no se sacia cuando tal desequilibrio se ha compensado, sino que, toda vez que el escenario biológico (hormonal y neural) está preparado, se dispara, en la medida en que se dan estímulos eficaces.
Y es aquí donde empieza el problema. En las especies inferiores, los estímulos eficaces y las modalidades sensoriales que los vehiculan están bien determinados. En los humanos, en los primeros encuentros sexuales de toda persona son muchos los estímulos considerados eficaces. Pero ¿cuáles son los estímulos que siguen manteniendo su eficacia en ambos géneros, en el curso de una relación continuada con la misma persona?
Está bien demostrado en animales y humanos que estos estímulos, especialmente algunas modalidades sensoriales, se habitúan a fuerza de repetirse y pierden su eficacia, tanto en varones como en mujeres. Es el conocido como “efecto Coolidge” (1). Por otra parte, la evolución vital del propio individuo va haciendo que se produzcan cambios importantes en tales estímulos, en su intensidad o en su duración y, en último extremo, en su “eficacia”.
Y es que no basta con que una persona conozca sus propios estímulos. Bastaría si pretendiese una autoestimulación y una satisfacción en solitario. Pero no basta cuando de coordinarse con una pareja con la que se comparte la actividad sexual se trata. Habría que saber transmitir a la otra u otras personas, de manera clara, en el momento oportuno y eligiendo bien el canal de transmisión, de forma que la misma no sirva para distraernos y dejar de percibir y disfrutar las señales fisiológicas interoceptivas constitutivas del deseo y la excitación.
Cuando entrevistamos a la mayoría de las parejas que acuden a nuestras consultas aquejadas de algún tipo de disfunción sexual, juran y perjuran que se expresan preferencias con total claridad y que, en definitiva, se conocen en este y en otros aspectos “como si se hubieran parido…”. Pero cuando intentamos objetivar tal conocimiento, por ejemplo, mediante el Inventario de Interacción Sexual (2), constatamos que, cuando cruzamos lo que él estima que le gusta a ella con lo que ella manifiesta que realmente le gusta, existen serias discrepancias… Y ello sólo puede significar una cosa: que creen que se comunican y que su comunicación en este sentido es clara y eficaz, pero que esto no es así y que seguramente existen “ruidos” en todo el proceso.
Tenemos numerosas formas para investigar la comunicación de la pareja en el sofá: los contenidos, la comunicación no verbal, las secuencias que siguen y su repercusión y ensamblaje. Para ello hemos desarrollado e investigado numerosos sistemas para codificar tal estilo de comunicación y comprobar su eficacia (3).
La pregunta es: ¿por qué no existe tal empeño a la hora de estudiar y analizar la comunicación sexual? ¿No será que estamos asumiendo, de manera simplista, que las reglas que regulan la comunicación general son las mismas que las que debieran regir la comunicación sexual?
J. Cáceres Carrasco
Doctor en Psicología. Profesor en Psicofisiología. Universidad de Deusto. Servicio Navarro de Salud
Referencias
1. O’Donohue WT, Geer JH. The habituation of sexual arousal. Arch Sex Behav 1985;14 (3): 233-46.
2. Lopiccolo J, Steger J. The sexual interaction inventory: A new instrument for assessment of sexual dysfunction. Arch Sex Behav 1974;3:585-95.
3. Cáceres J. Manual de terapia de pareja e intervención con familias. Madrid: Fundación Universidad Empresa, 1996.
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