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Retraso mental y delitos sexuales
Hoy en día la sexualidad es un tema cada vez menos tabú para la sociedad. Buena muestra de ello son los programas de educación sexual que desde unos años hasta la actualidad se llevan a cabo en los centros escolares. Sin embargo, esto no evita que sigan existiendo reticencias en ciertos ámbitos o con ciertos colectivos, como el de las personas con retraso mental.
Lo cierto es que, quizás por miedo, quizás por falta de recursos para el manejo de los aspectos relativos a la experiencia y práctica sexual en el retraso mental, la educación sobre el tema no entra dentro de los objetivos planteados a la hora del trabajo con estas personas, al menos en la mayor parte de los casos.
Esto lleva a plantearse: ¿acaso por no hablar de sexo con personas con retraso mental impediremos que lo piensen, lo prueben, etc.? Evidentemente la respuesta es NO. Les hablemos o no de sexo es inevitable que surja en algún momento de sus vidas el encuentro con su propia sexualidad en una primera instancia, y con la de otro en un segundo momento. El problema no está en el hecho en sí, sino en que ese descubrimiento se haga desde el desconocimiento, por las repercusiones que a posteriori pueda tener en su comportamiento sexual. En el retraso mental se produce una disminución de la capacidad de juicio, de las habilidades sociales y del control de los impulsos (1) que, unida a la desinformación y a la falta de educación, y por ende, a la subsiguiente ignorancia, genera principalmente dos tipos de problemas. Por un lado, deja a las personas con retraso mental en una situación de vulnerabilidad respecto a los delitos sexuales similar a la de los niños. Que tanto los menores como los disminuidos psíquicos, inmaduros y dependientes, sean incapaces de comprender el sentido radical de las actividades de tipo sexual, ni de dar su consentimiento real (2), los convierte en potenciales víctimas. Su menor autonomía, capacidad de discriminación y de defensa, la educación recibida para depender y confiar en adultos supuestamente responsables y el no haber recibido formación respecto a la sexualidad (3), son algunos de los factores añadidos en el caso de las personas con retraso psíquico. Por otra parte, corren el riesgo de convertirse, en muchas ocasiones, inclusive sin conciencia de ello, en agresores. De hecho, aproximadamente el 4% de las personas que reciben tratamiento en centros médicos por parafilia son retrasados mentales (4). No saber cuáles son los límites de lo permitido, de lo que está bien o es adecuado y lo que no, son factores predisponentes en la incursión de un delito sexual.
Es necesaria la educación no sólo para aprender a diferenciar entre el deseo sexual, la afectividad u otros sentimientos afines, sino también para ayudar al desarrollo moral de la sexualidad, entendiendo éste como el desarrollo de la capacidad para aceptar las reglas, derechos y/u obligaciones que se ponen en juego al iniciar un acto sexual (1).
En este sentido cabe hacer mención a la conveniencia de la implicación y concienciación de los padres, principal fuente de apoyo para tener éxito en esta tarea educativa. Las personas con discapacidad intelectual carecen de hablidades adecuadas para vivir su sexualidad adecuadamente y, por tanto, para desarrollar comportamientos sexuales adaptativos, en parte debido a factores psicosociales que condicionan en alguna manera su calidad de vida. Expresar la afectividad y la sexualidad es una necesidad básica en los seres humanos (5), y el primer paso por parte de los padres debería ser precisamente incluirlos en entornos adecuados donde interactuar, no caer en la sobreprotección, y reconocer su necesidad de intimidad sexual (3). En la adolescencia, momento del despertar a la sexualidad, la masturbación hace su aparición. Si ya en general los padres suelen experimentar sentimientos de angustia e incomodidad ante el conocimiento de su práctica, es de esperar que sean mayores en los padres con hijos afectados de retraso mental. Si no se muestra una apertura a la comunicación y a la aceptación de algo tan natural, pueden vivenciar la masturbación como algo malo, censurado y castigado, convirtiéndose en el primer paso para que quede perturbado su desarrollo psicosexual lo cual, a su vez, propiciará conductas alternativas para alcanzar la satisfacción que pueden no ser ya las más adecuadas, por no mencionar sentimientos de culpa, rechazo del placer y agresividad contenida (1), entre otros, que no harán sino desviar la energía sexual hacia objetos sustitutorios y que no siempre serán los más adecuados.
CONCLUSIONES
Sería interesante incluir la población con retraso mental en los programas de educación sexual, a fin de instruirles en valores de respeto, libertad, comunicación, expresión y práctica que hagan posible el mantenimiento de relaciones sexuales normalizadas y responsables. Esto es, relaciones autónomas, maduras, honestas, respetuosas, seguras, consentidas por ambas partes y que sean fuente de placer y bienestar (5). Para ello es fundamental que sean conocedores de dónde están los límites entre el ejercicio de una actividad sexual saludable y otra que no lo es, tanto para su protección como posibles víctimas de un abuso sexual, como por su papel como agresores fruto de la desinformación sobre lo que está o no permitido, sobre lo que es o no correcto. Todo esto no debe entenderse como pretexto para justificar la comisión de un acto de este tipo, o la exención de su correspondiente castigo. Cabe tener en cuenta, asimismo, el grado de retraso que la persona presente y que condicionará inevitablemente el nivel de competencia cognitiva que pueda alcanzar.
Por todo lo expuesto sobre los beneficios de la educación orientada a este colectivo, tanto a nivel social como de los individuos, deberían ser considerados con detenimiento a fin de crear programas adaptados a las necesidades de la población en cuestión.
BIBLIOGRAFÍA
- Hurtado F. Manual de educación sexual, reproductiva y afectiva. Valencia: Promolibro, 1999.
- Kempe H. Sexual abuse: another hidden pediatric problem. Pediatrics 1978;62:386-92.
- López Sánchez F. Sexo y afecto en personas con discapacidad. Madrid: Biblioteca Nueva, 2008.
- Langevin R. Biological factors contributing to paraphilic behavior. Psychiatr Ann 1992;22:307.
- IVADIS. Privacidad, intimidad y salud sexual de las personas con discapacidad intelectual. Valencia: Imprenta CEE-IVADIS, 2004.
María Luisa López Úbeda
Psicóloga Interna Residente de Primer Año.
Centro de Salud Sexual y Reproductiva Fuente San Luis
(Departamento del Hospital Doctor Peset). Valencia.
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