Último número: Vol.5 nº2-2007

 
  Editoriales  
 

Por qué no preguntamos sobre sexo

   Hablar de la relación entre salud física, salud mental y sexualidad parece obvio y más cuando la OMS las engloba, junto a otros componentes, como elementos primordiales dentro del concepto de salud (1) y de calidad de vida (2) al que todos tenemos derecho y no sólo como la ausencia de enfermedad. Pero ¿qué ocurre en realidad en las consultas médicas generalistas, de medicina especializada o, más en concreto, de salud mental? ¿Se incluye la sexualidad dentro de la exploración clínica? Evidentemente, como es ampliamente sabido, “se debe” incluir en toda buena anamnesis, como indican no sólo los manuales, sino la propia experiencia. Entonces ¿qué ocurre para que, en demasiadas ocasiones, no se haga? Puede ser que el problema origen de la demanda no lo sugiera; puede ser que este mismo problema sea más importante que cualquier otra cuestión, que el profesional no lo valore adecuadamente o no le dé importancia, o que mantenga una actitud de espera, en la que el paciente deba llevar la iniciativa. Puede ser, por otra parte, impericia del propio profesional que carece de las habilidades propias para manejarse en estos temas. También puede darse el caso de que sea por propia inhibición personal, inseguridad, vergüenza o cualquier otro tipo de problema dentro de la esfera personal y que afecte, con ello, a la profesional.

Los que, como es nuestro caso, nos movemos no sólo en la actividad clínica sino también en la formación de residentes, nos damos cuenta de que las actitudes personales suelen pesar demasiado a la hora de no valorar estos aspectos de la vida de los pacientes y no suele ser por olvido nuestro ya que, desde un inicio, se modela al residente para realizar ese tipo de evaluación dentro de la entrevista inicial. Cuando, posteriormente, deben realizarla ellos, tienden a saltarse ese apartado. Saben que está ahí y, preguntados por qué no han explorado esta área, reconocen que ha sido, generalmente, por pudor. Aclarada la importancia de estas preguntas, en entrevistas posteriores a pacientes vuelven a pasar de puntillas ante el tema en muy contadas ocasiones y, generalmente, porque el caso lo requiere. Además, apenas suelen aportar esta información en los casos clínicos que exponen en docencia.

ALGO INCÓMODO

¿Qué podemos concluir de lo anterior? Básicamente, que damos por sabido el tema de la sexualidad o, al menos, así puede parecerlo por nuestra conducta. Si hay algo que le preocupe al paciente, ya nos lo contará. Con lo cual, y a pesar de estar en un época “moderna y abierta”, hablar de la sexualidad sigue siendo algo incómodo; pero, curiosamente, damos por supuesto que ha dejado de ser un tabú y confiamos o cedemos la iniciativa en estos temas a nuestros pacientes.

De todos modos, las implicaciones de lo anterior (actitudes personales/profesionales) no es algo que carezca de importancia en la práctica profesional. Imaginemos cualquier tratamiento farmacológico que tenga efectos secundarios (3) en el ámbito de la sexualidad -y, cómo sabemos, hay muchos (Tabla 1)-. Si no se informa de ello al paciente, ya sea adolescente, adulto, anciano o minusválido (¡cuidado con los prejuicios!), quizá compliquemos el tratamiento con la aparición de secuelas no esperadas. En ocasiones, el paciente puede preguntarlo o quejarse del cambio y es conveniente que el profesional se interese por el problema y, de ser posible, genere soluciones o alternativas al mismo. También hay que valorar y explorar, cuando detectamos la falta de adherencia a los tratamientos -algo muy frecuente-, si ésta está producida por estos efectos secundarios. Sólo se debe recordar que una vida sexual insatisfactoria no es un detalle cualquiera: merma la autoestima, la socialización, las relaciones de pareja y la comunicación, entre otras muchas alteraciones relacionadas, a su vez, a cada estilo personal.

La situación en salud mental podría parecer que difiera de la situación en salud primaria pero, en realidad, es similar. Se da por hecho que los psicofármacos actúan sobre determinados receptores y que, ineludiblemente, producirán cambios en la vida sexual del paciente. Se parte de la convicción de que no se puede hacer otra cosa y lo importante es la eliminación del síntoma. En la mayoría de casos, tampoco se explica al paciente lo que puede ocurrir ya que, curiosamente, no se producen esos efectos negativos en todos los pacientes (idiosincrasia) o en algunos revierte de forma espontánea (4). Sólo cuando se quejan de los síntomas, se les explica de forma comprensiva que es un efecto secundario de la medicación y que, cuando ésta se retire, su vida sexual será como antes. Claro está que, previamente, en la primera visita, cuando se le dio la medicación, se le dijo que el tratamiento duraría varios meses o, incluso, algo más de un año. Sí, todo un año de empobrecida, nula o insatisfactoria vida sexual y con secuelas en su entorno familiar. Esto en un cuadro ansioso, afectivo… y en las llamadas psicopatologías mayores, como las psicosis, ya no es un año; es, probablemente, mucho más. ¿No podemos ayudar a nuestros pacientes de otro modo que dándoles la opción de padecer los síntomas de su enfermedad o de mermar su vida sexual pero sin el síntoma?

En cuanto a los pacientes, parece que sólo uno de cada diez (5) informa a su médico de problemas sexuales generados por la medicación que se les ha pautado. El hombre se suele quejar algo más y suele ser por aneyaculación, falta de deseo o impotencia. La mujer se queja de pérdida de deseo sexual. En los pacientes con alteraciones en la respuesta sexual previa salvo, quizá, la eyaculación precoz, la situación empeora. ¿Qué soluciones suelen aplicar nuestros pacientes ante esta situación? Una de las más frecuentes es el abandono del tratamiento farmacológico por miedo a no volver a sentirse seguros sexualmente o por miedo a decaer aún más ante un nuevo síntoma que, según le dice el facultativo, no hay más remedio que soportar.

ACTO TERAPÉUTICO Y HUMANO

En resumen, nuestro breve editorial aboga porque llevemos a la práctica lo que sabemos que beneficia a nuestros pacientes: exploremos adecuadamente las distintas facetas de la salud, tengamos para ello presente la salud sexual como un elemento significativo a valorar, informemos a nuestros pacientes de las secuelas de los tratamientos e incluyamos en esta información lo relativo a la sexualidad, respetando la idiosincrasia de cada uno de ellos. Valoremos que una sexualidad alterada puede conllevar que no sigan adecuadamente un tratamiento o que lo abandonen o, incluso, que perdamos credibilidad ante ellos y, por supuesto, si se dan estas secuelas, busquemos soluciones más allá de la resignación. Esto, junto a una actitud empática, de comprensión, facilitará cualquier acto terapéutico y, con ello, humano. Recordemos que las Unidades de Salud Sexual y Reproductivas (USSR) dan solución a muchos problemas, ya derivados del uso de psicofármacos o de problemas sexuales que no tengan estas características y que sean detectadas en ese momento. Además, tengamos en cuenta las recomendaciones (4, 6) publicadas en diversas ocasiones acerca de cómo manejar estas cuestiones desde la consulta asistencial (Tabla 2).

Tabla 1. Grupos farmacológicos implicados en las alteraciones sexuales

· Antihipertensivos
  Diuréticos
  Betabloqueantes
  Alfa y betabloqueantes
  Antagonistas del calcio
  Hipotensores de acción central
  Vasodilatadores
  Inhibidores de la ECA
  Bloqueantes alfa adrenérgicos
  Antagonistas de la angiotensina II
· Psicotrópicos
  Antipsicóticos
  Antimaníacos
  Antidepresivos
  Ansiolíticos
  Psicoestimulantes
   
· Analgésicos
· Hormonas
  En especial los esteroides anabolizantes, corticosteriodes y estrógenos
· Antineoplásicos
  Clorambucilo, ciclofosfamida, busulfán, melfalán, procarbazina, vinblastina y citosina-arabinosido
· Antiúlcerosos
  Los antihistamínicos H2, en especial cimetidina

Tabla 2. Manejo de la disfunción sexual

· Asociada a antidepresivos
  Terapia discontinua (vacaciones terapéuticas)
  Elección de antidepresivos que no actúen sobre el sistema serotoninérgico
  Cambio de antidepresivo
  Añadir fármacos que mejoren la disfunción sexual
  Inhibidores de la 5-fofodiesterasa
· Asociada a antipsicóticos
  Esperar la remisión espontánea de la DS
  Reducción de dosis
  Cambio de antipsicótico
  Interrupción periódica del tratamiento: vacaciones de fin de semana
  Uso de antídotos o tratamiento coadyuvante
  Elección desde el principio de antipsicóticos con baja incidencia de DS

 

BIBLIOGRAFÍA

1. OMS. Construction in Basic Documents. Ginebra: WHO, 1948.
2. OMS. Measuring Quality of Life. Ginebra, 1993
3. Hurtado F, Escrivá P, Catalán A, Mir J. Vademecum sexual: Fármacos y disfunciones sexuales. Cuadernos de Medicina Psicosomática 2002;62/63:51-82.
4. Montejo AL. Guía para el diagnóstico y manejo de la disfunción sexual secundaria a antipsicóticos. Lilly: 2001.
5. Piza M. Problemática de la Asistencia Primaria ante las disfunciones sexuales. Actas Españolas de Psiquiatría 2002;30 (monográfico 1):24-5.
6. Molina Martín JD. Salud Sexual, Atención Primaria, depresión y antidepresivos Madrid: Ergon, 2007.

 

José Joaquín Martínez Sánchez.
Especialista en Psicología Clínica.
Unidad de Salud Mental de Xátiva (Departamento 14), Conselleria de Sanitat,
Servicio Valenciano de Salud, Generalitat Valenciana

 

       

 

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