SOCIEDAD ESPAÑOLA
DE ENFERMERÍA
GERIÁTRICA Y GERONTOLÓGICA



GRUPO NACIONAL PARA
EL ESTUDIO Y ASESORAMIENTO EN
ÚLCERAS POR PRESIÓN
Y HERIDAS CRÓNICAS

 

 

  Números anteriores: Vol.13 nº4-2002

 
     EDITORIAL  
 

Esperanza de vida libre de dependencia

  Navegamos en una sociedad en la que la independencia es uno de los signos capitales en la valoración de una persona.

  Me atrevería a decir que a menudo, la dependencia se teme más que a la propia muerte, y sin embargo, nacemos con ella e indefectiblemente la cultivamos en distintas fases de la vida, durante la infancia, durante períodos concretos de enfermedad, incluso algunos viven aferrados neuróticamente a un algo del que son dependientes. Me refiero ahora a la dependencia en su vertiente de terminalidad como apunta Luciano Sandrín, como fase final de la historia de una vida independiente, de un estado no pasajero -como acontece durante la niñez-, de algo teñido de senilidad con todas sus cargas peyorativas, de situación que impregna al que la padece, generalmente un anciano, de nulo significado social, de desesperanza para aquel que necesita de los demás para seguir viviendo el ocaso de su vida.

  Esta forma de dependencia parece haberse hecho visible con rotundidad en apenas unos pocos años de la mano de un creciente grupo de los muy mayores de nuestra comunidad, aquejados de enfermedades crónicas e incapacitantes de soberana popularidad, pero sin embargo, es un fenómeno tan antiguo como la propia Humanidad donde la pérdida de capacidad para valerse por uno mismo se manifestaba, no irremediablemente en todos como antesala de la muerte, pero sí en un grupo nutrido de población. Lo novedoso, el crecimiento numérico que este nuevo grupo ha alcanzado en las últimas épocas. Lo pernicioso, junto a la pérdida de independencia, la habitual pérdida de autonomía o incapacidad para decidir lo que más les conviene que a menudo se incluye en el mismo “lote”, por autoasignación o como favor de los que rodeamos a los dependientes.

  Los demógrafos y epidemiólogos de la vejez han comenzado a trabajar en este cuasi nuevo fenómeno sociológico y sanitario, acuñando indicadores como esperanza de vida libre de dependencia, que ilustra hoy nuestra Tribuna.

  ¿No es esta asunción terminológica una lectura sensible del sentir de muchos de los que se han ido haciendo mayores junto a nosotros, incluso de nosotros mismos, que desde nuestra ventana profesional contemplamos a diario una etapa en donde muchos entraron sin ruido, sorprendidos por una vejez incapacitante de la cual no se han librado jamás? ¿no será el dictado preocupado de gestores que se han parado a contabilizar el gasto actual y futuro para el sistema, de estos, además de no productivos, “no independientes”?

  Recuerdo con nitidez, y ahora entiendo un poco más, la respuesta de los más viejos de mi casa a una pregunta que a menudo ellos recitaban con la intención de que todos lo escucháramos: ¿hasta cuándo vivir?. Contestaban de inmediato, “hasta que me pueda valer por mí mismo, hasta ese momento y ni un minuto más”. Una tríada que se completaba idílicamente con la cama propia como el lugar para que suceda y, durante el sueño, como circunstancia óptima del encuentro con la muerte.
Ante la perspectiva que suscita la pérdida de autonomía, a mi juicio la parte noble de una identidad, la sobrecarga que conlleva saberse necesitado de otros para recibir los cuidados más básicos e íntimos de uno mismo y especialmente la desesperanza que condiciona esta situación, porque casi con seguridad no se abandonará, acaso se agravará, ha alimentado el embrión de un nuevo enemigo, cuyo temor supera ampliamente a la denostada vejez.

  Leyes para…, seguros de…, normas ante…, son expresión de un episodio reciente y preocupante frente a la dependencia cuya instauración no debe demorarse. Junto a estas acciones, es necesario orquestar otras de sensibilización directa frente a ese demonizado estado de dependencia que ayuden a posponer y controlar su presencia.

  Desde nuestro escenario profesional, se hace imprescindible trabajar en una construcción menos trágica de la situación de dependencia una vez establecida, enseñando a vivir con ella, invirtiendo energías en una “saludable” convivencia entre dependencia y autonomía. Se hace preciso seguir ayudando en el reto del cuidado familiar de ancianos dependientes y en una nueva decoración que borre la palabra desesperanza de las instituciones para ancianos dependientes, a menudo anticipados cementerios de elefantes para usuarios y profesionales. Cuidar a las personas mayores dependientes es un acto de sensibilidad que nos puede enriquecer.

  Un nuevo reto se cierne sobre nosotros. Por el futuro, trabajemos en aproximar las cotas de esperanza de vida libre de dependencia con ese gran logro ya vivido: la ganancia de años a esta vida.

J. Javier Soldevilla Agreda
Presidente SEEGG

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Vol. 13 nº4-2002

 



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