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Esperanza de vida libre de
dependencia
Navegamos en una sociedad
en la que la independencia es uno de los signos capitales en la
valoración de una persona.
Me atrevería a decir que a menudo, la dependencia
se teme más que a la propia muerte, y sin embargo, nacemos
con ella e indefectiblemente la cultivamos en distintas fases de
la vida, durante la infancia, durante períodos concretos
de enfermedad, incluso algunos viven aferrados neuróticamente
a un algo del que son dependientes. Me refiero ahora a la dependencia
en su vertiente de terminalidad como apunta Luciano Sandrín,
como fase final de la historia de una vida independiente, de un
estado no pasajero -como acontece durante la niñez-, de algo
teñido de senilidad con todas sus cargas peyorativas, de
situación que impregna al que la padece, generalmente un
anciano, de nulo significado social, de desesperanza para aquel
que necesita de los demás para seguir viviendo el ocaso de
su vida.
Esta forma de dependencia parece haberse hecho visible
con rotundidad en apenas unos pocos años de la mano de un
creciente grupo de los muy mayores de nuestra comunidad, aquejados
de enfermedades crónicas e incapacitantes de soberana popularidad,
pero sin embargo, es un fenómeno tan antiguo como la propia
Humanidad donde la pérdida de capacidad para valerse por
uno mismo se manifestaba, no irremediablemente en todos como antesala
de la muerte, pero sí en un grupo nutrido de población.
Lo novedoso, el crecimiento numérico que este nuevo grupo
ha alcanzado en las últimas épocas. Lo pernicioso,
junto a la pérdida de independencia, la habitual pérdida
de autonomía o incapacidad para decidir lo que más
les conviene que a menudo se incluye en el mismo “lote”,
por autoasignación o como favor de los que rodeamos a los
dependientes.
Los demógrafos y epidemiólogos de la vejez
han comenzado a trabajar en este cuasi nuevo fenómeno sociológico
y sanitario, acuñando indicadores como esperanza de vida
libre de dependencia, que ilustra hoy nuestra Tribuna.
¿No es esta asunción terminológica
una lectura sensible del sentir de muchos de los que se han ido
haciendo mayores junto a nosotros, incluso de nosotros mismos, que
desde nuestra ventana profesional contemplamos a diario una etapa
en donde muchos entraron sin ruido, sorprendidos por una vejez incapacitante
de la cual no se han librado jamás? ¿no será
el dictado preocupado de gestores que se han parado a contabilizar
el gasto actual y futuro para el sistema, de estos, además
de no productivos, “no independientes”?
Recuerdo con nitidez, y ahora entiendo un poco más,
la respuesta de los más viejos de mi casa a una pregunta
que a menudo ellos recitaban con la intención de que todos
lo escucháramos: ¿hasta cuándo vivir?. Contestaban
de inmediato, “hasta que me pueda valer por mí mismo,
hasta ese momento y ni un minuto más”. Una tríada
que se completaba idílicamente con la cama propia como el
lugar para que suceda y, durante el sueño, como circunstancia
óptima del encuentro con la muerte.
Ante la perspectiva que suscita la pérdida de autonomía,
a mi juicio la parte noble de una identidad, la sobrecarga que conlleva
saberse necesitado de otros para recibir los cuidados más
básicos e íntimos de uno mismo y especialmente la
desesperanza que condiciona esta situación, porque casi con
seguridad no se abandonará, acaso se agravará, ha
alimentado el embrión de un nuevo enemigo, cuyo temor supera
ampliamente a la denostada vejez.
Leyes para…, seguros de…, normas ante…,
son expresión de un episodio reciente y preocupante frente
a la dependencia cuya instauración no debe demorarse. Junto
a estas acciones, es necesario orquestar otras de sensibilización
directa frente a ese demonizado estado de dependencia que ayuden
a posponer y controlar su presencia.
Desde nuestro escenario profesional, se hace imprescindible
trabajar en una construcción menos trágica de la situación
de dependencia una vez establecida, enseñando a vivir con
ella, invirtiendo energías en una “saludable”
convivencia entre dependencia y autonomía. Se hace preciso
seguir ayudando en el reto del cuidado familiar de ancianos dependientes
y en una nueva decoración que borre la palabra desesperanza
de las instituciones para ancianos dependientes, a menudo anticipados
cementerios de elefantes para usuarios y profesionales. Cuidar a
las personas mayores dependientes es un acto de sensibilidad que
nos puede enriquecer.
Un nuevo reto se cierne sobre nosotros. Por el futuro,
trabajemos en aproximar las cotas de esperanza de vida libre de
dependencia con ese gran logro ya vivido: la ganancia de años
a esta vida.
J. Javier Soldevilla Agreda
Presidente SEEGG
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