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Ola de calor
Todavía
no se ha apagado el asfalto. El fuego real vivido en las últimas
semanas además de cercenar la vida de miles de personas en
nuestro entorno europeo, ha sacado a la luz la fragilidad de los
sistemas sanitarios y sociales que amparan a los mayores en muchas
latitudes. Una contrariedad o una paradoja hablar de “fragilidad”
de un Sistema, creado para dar cobertura a “la vida”
de uno de los grupos más frágiles de nuestra población.
Una ola de calor, ha logrado incendiar una estructura de servicios
sociales dirigida a los mayores levantada al parecer sobre una volátil
y combustible paja, y no será porque recomendaciones tan
sesudas como las emanadas de las dos Asambleas Mundiales sobre Envejecimiento
no pidieran estructuras sólidas, cimentadas, planes estratégicos
globales que guarezcan a los más vulnerables y esa construcción
ha de hacerse en épocas de bonanza climatológica,
económica, etc.
Una catástrofe natural, siempre afecta con más
virulencia a los más débiles de una Sociedad, a los
mayores, los niños, los “sintecho”,…, pero
en estructuras "consolidadas", en la red de países
llamados desarrollados, planes especiales por parte de los gobiernos,
solucionan. Olas de calor como la vivida, pueden poner al descubierto
estructuras sociales y sanitarias de cartón piedra. Solo
fachada, construida para una representación escenica que
caduca al tiempo del gobierno en curso. Sin inversiones regladas
y mantenidas en el tiempo, sin planes generales, esta cobertura
puede destruirse por las llamas de una eventualidad.
En nuestro país hace muy pocas fechas, el Gobierno
ha presentado un plan de acción con más de cien medidas
que sin duda mejoraran la vida de nuestros mayores que aplaudimos
de inmediato y esperemos se desarrollen con el ritmo previsto. Haremos
un primer análisis en unos meses. Quizá esta “nota
de calor”, por sus luptuosas consecuencias, ha trascendido
notoriamente a nuestras fronteras, y el “frasco de las carencias”,
se ha evidenciado en países muy próximos, entre aquellos
llamados de primer nivel, en los que creíamos sus “edificios”
eran del mejor hormigón.
Pero, con su permiso y bajo el amparo de un título
como el elegido, la ola de calor, metido todavía en la incandescencia
estival y antes de empezar un nuevo curso en muchos órdenes
de nuestro día a día, quisiera poner sobre la mesa
algunos interrogantes que veo orbitar sobre nuestra profesión
de cuidadores de la Vejez y que no he conseguido apartar de la parte
más gris de mis sensaciones durante estos últimos
meses.
Anuncie en esta tribuna no hace mucho y con el entusiasmo
requerido, el desbloqueo de las tan ansiadas especialidades, y la
puesta en marcha casi inmediata de nuestra remozada Enfermería
Geriátrica y Gerontológica. Todos los datos y las
voces más autorizadas, no se si respetables por lo que se
desprende, apuntaban a esta realidad, a su inmediatez, al cumplimiento
de compromisos con una profesión. Después de un aplauso
prolongado, todas esas fuentes oficiosas que construyen tus impresiones,
me susurran: “no seas iluso, no hay voluntad de ponerlas en
marcha” y, esta legislatura está preparando el finiquito.
El porqué, parece ser el de siempre, el único valedor
irrefutable, el económico. Cuando algunos de aquellos interlocutores
calificados anunciaron la posición de nuestra especialidad
en los vagones de cabeza, los peor pensados apuntaron hacia el claro
empleador de estos profesionales. No será el Sistema de Salud
sino más bien los Departamentos de Bienestar Social a quien
parece haberse transferido casi todo lo que concierne a nuestro
grupo de clientes. Y ahí se abre otro de mis obsesivos interrogantes
que deseo compartir con todos los lectores amigos.
¿Qué papel ocupa la profesión enfermera,
cuál el de la enfermera especializada si algún día
llegara ese momento, en la estructura de planificación de
Bienestar Social de las distintas Regiones de nuestro país?.
Sinceramente, y ojalá sea, una óptica personal labrada
por malas experiencias, prácticamente ninguno. Desde hace
años, jornadas completas de plática sobre el rol insustituible,
el don de nuestras acciones en el proceso del cuidado de los más
mayores, el perfil óptimo es… . La ingrata realidad
es que apenas existen profesionales enfermeros en los órganos
de planificación y gestión de estos Departamentos,
Consejerías o Direcciones Generales, y eso traduce la filosofía
e hilo conductor de las intervenciones sobre cuidados y por ende
inversiones al efecto. Es tiempo de una llamada de atención.
Una invitación a los que nos han de considerar, a través
del conocimiento de nuestras “virtudes” y posibilidades.
A todos nosotros, animar a un levantamiento profesional armado con
tan vigorosas corazas como un cuerpo de conocimientos férreo,
un orgullo profesional inquebrantable y un amor irrenunciable por
esta misión.
Pero en un intento de refresco de este disparate epistolar
desatado por un golpe de calor, quiero traer a colación un
interrogante distinto. En mi caso no está bajo sospecha.
Creo que va a obligar a nuevas formulaciones en el recinto académico
y profesional y seguro abre un nuevo parón de seis o siete
años. Hablo de la nueva arquitectura de las carreras fruto
de la Declaración de Bolonia que unificará todos los
estudios superiores de todos los europeos. Desaparecen las Diplomaturas
y amanece junto al acceso al Grado Superior la posibilidad de acceder
al Doctorado. Fin de una histórica demanda para la Enfermería
española. La salud de la convivencia entre las nuevas titulaciones
y entre la formación de postgrado y las especialidades enfermeras,
la adaptación de los catálogos de puestos de trabajo
a esas nuevas conquistas, la justicia en la recolocación
jerarquíca de los nuevos titulados dentro de las instituciones,
serán cuestiones a dilucidar y esperemos con el juicio más
certero. De momento, para esta incertidumbre, todos nuestros parabienes.
J. Javier Soldevilla Agreda
Presidente SEEGG
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