SOCIEDAD ESPAÑOLA
DE ENFERMERÍA
GERIÁTRICA Y GERONTOLÓGICA



GRUPO NACIONAL PARA
EL ESTUDIO Y ASESORAMIENTO EN
ÚLCERAS POR PRESIÓN
Y HERIDAS CRÓNICAS

 

 

  Números anteriores: Vol.14 nº2-2003

 
     EDITORIAL  
 

Malos tratos a los ancianos

   Hace algo más de cuatro años, bajo el epígrafe ¿mito o realidad?, cuestionaba en esta misma columna el tema que hoy vuelvo a elegir. Sin duda alguna, entonces y hoy, hubiera podido elegir un término más tibio para dar titulo al editorial, pero sigo entendiendo que a las cosas hay que llamarlas por su nombre y, actos de negligencia, abusos, violencia, exclusión social, abandono o violación de derechos en cualquier persona, en el anciano como no, es sin duda, maltrato.

  Creo sinceramente -como ya apunté en su momento- que estamos siendo testigos de una de las caras más ocultas de la violencia en sus distintas formas, que empaña los principios rectores de una civilización que se dice avanzada. El maltrato en sus diferentes expresiones no ha nacido hoy. Agresiones a mujeres, niños, discapacitados, ancianos, han sido desgraciados hechos cotidianos en todas las épocas.

  En los últimos años se ha conquistado una mayor sensibilidad y rechazo en gran parte de la colectividad, se han mejorado los cauces donde denunciar situaciones y las ayudas de protección, acogida y defensa de estas personas se han multiplicado. Teléfonos, oficinas, organizaciones gubernamentales o no, están aireando un problema social de primera magnitud que se ocultaba tras de la vergüenza, la indefensión o la suave legislación que permitía campar a sus anchas a los violentos.

  Trascendiendo a los casos que de vez en vez salpican el corazón más insensible con cualquier persona vulnerable como protagonista, quisiera detenerme sobre lo que acontece en el ámbito del mayor, especialmente sobre los más mayores y entre estos, los más dependientes, tanto en el ámbito domiciliario o institucionalizados, sobre los que los medios de comunicación reparan menos y los “sistemas de defensa” diseñados no ofrecen ni con mucho posibilidades de ser eficaces para acabar con un sufrimiento que a veces únicamente termina con la muerte, a menudo llamada a gritos cuando no propiciada.

  En los últimos tiempos hemos conocido su espectral dimensión. Organismos como la OMS en su Informe “Violencia y Salud” del año 2002, cifraba entre el 4 y 6% los ancianos que declaraban haber sufrido violencia doméstica, 10 casos por cada 1.000 habitantes cada año, según el National Center Elder Abuse de EE.UU., o en el contexto del domicilio de nuestro país, hasta un 4,7% de los ancianos que recibían algún tipo de ayuda en este marco, según acercan recientes trabajos de la Profesora Bazo, pero, ¿qué parte del maltrato en el mayor queda oculto?, ¿cuántos mayores no pueden, no saben o no quieren denunciar esas situaciones?
El temor, la resignación, la escasa fe en ser escuchados, la justificación de los violentos, especialmente cuando se trata de “los suyos”, la dificultad para comunicarse o el desconocimiento de las fórmulas y de sus derechos, hacen que desde su espacio pocos acusen.

  La incredulidad de familiares, unos frente a otros, a menudo el desinterés, el miedo a represalias en el caso de que el anciano se encuentre institucionalizado, secuestra a menudo la voz de la propia familia ante estas aberraciones.

  Los profesionales y el sistema, por negación, por comodidad, también por temor, por un mal entendido corporativismo, por la escasa trascendencia de denuncias anteriores, sostienen situaciones de malos tratos en el marco de las instituciones alimentadas a menudo por gestores que no quieren conflictos de este calado ni los efectos perniciosos de una mala prensa.

  Las cifras, las consecuencias, el deshonor de esta circunstancia hace necesaria una renovada reflexión de la sociedad en su conjunto y de todos los profesionales que trabajamos en el ámbito gerontológico.

  Durante el pasado Foro Internacional de ONGs sobre Envejecimiento, prólogo a la 2ª Asamblea Mundial, la Red Internacional para la Prevención del Maltrato al Anciano (INPEA) presentó datos recogidos en siete países sobre la forma de percibir los ancianos el maltrato, destacando como más relevantes, el abandono y la exclusión social, la pérdida de respeto (hasta en un 48% cuando el anciano se encontraba institucionalizado), la violación de los derechos humanos, la incapacidad de poder elegir, la imposibilidad de tomar decisiones y la pérdida de su estatus. A esta interesante lista quedan por añadir las agresiones físicas, verbales, emocionales y los engaños legales y financieros.

  Desgraciadamente son muchas las categorías de maltrato (infantilización, despersonalización, deshumanización, victimización) y las formas de maltrato y violencia contra las personas mayores (abusos físico, sexual, psicológico, financiero, negligencia, autonegligencia, abandono, vulneración de sus derechos) que hemos de perseguir, porque también son amplios los escenarios donde cada día se propician, habiéndose instalado con demasiada frecuencia en el seno de nuestras instituciones socio-sanitarias.

  En nuestra Familia de “Enfermeros de la Vejez”, la profunda reflexión ha comenzado y va a ser secundada con acciones. Las hemos iniciado con la firma de un compromiso formal con la Confederación Española de Organizaciones de Mayores (CEOMA) suscribiendo su Programa “Desatar al Anciano”, elaborando un Documento Técnico SEEGG sobre el Uso Racional de Sujeciones, que muy pronto tendrán en sus manos, pero con el ánimo de integrar ordenadamente en el futuro todas las posibles acciones de defensa, protección, denuncia, al tiempo que investigación y conocimiento específico sobre estas áreas ruborizantes para una sociedad y una profesión, a través de un Grupo de Trabajo Permanente de nuestra Asociación que hemos presentado hace algunos días en el pasado X Congreso Nacional de Alcalá de Henares.

  Esperamos desde esta nueva plataforma ayudar con actuaciones comprometidas y valientes ante un problema social de primer orden aunque todavía poco visible, analizando la práctica profesional e informal de los cuidados para determinar indicios de maltrato y perseguirlos con rigor, sumando nuestro esfuerzo al de otros muchos grupos sociales y profesionales para conseguir desvelar, paliar y finalmente erradicar un problema severo que atenta contra la dignidad humana y pone en peligro las bases en las que se asienta todo grupo humano.

  Nuestros mayores, han sido los responsables de construir y consolidar los pilares en los que se sustenta el sistema
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J. Javier Soldevilla Agreda
Presidente SEEGG

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Vol. 14 nº2-2003

 



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