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Malos tratos a los ancianos
Hace algo más
de cuatro años, bajo el epígrafe ¿mito o realidad?,
cuestionaba en esta misma columna el tema que hoy vuelvo a elegir.
Sin duda alguna, entonces y hoy, hubiera podido elegir un término
más tibio para dar titulo al editorial, pero sigo entendiendo
que a las cosas hay que llamarlas por su nombre y, actos de negligencia,
abusos, violencia, exclusión social, abandono o violación
de derechos en cualquier persona, en el anciano como no, es sin
duda, maltrato.
Creo sinceramente -como ya apunté en su momento-
que estamos siendo testigos de una de las caras más ocultas
de la violencia en sus distintas formas, que empaña los principios
rectores de una civilización que se dice avanzada. El maltrato
en sus diferentes expresiones no ha nacido hoy. Agresiones a mujeres,
niños, discapacitados, ancianos, han sido desgraciados hechos
cotidianos en todas las épocas.
En los últimos años se ha conquistado
una mayor sensibilidad y rechazo en gran parte de la colectividad,
se han mejorado los cauces donde denunciar situaciones y las ayudas
de protección, acogida y defensa de estas personas se han
multiplicado. Teléfonos, oficinas, organizaciones gubernamentales
o no, están aireando un problema social de primera magnitud
que se ocultaba tras de la vergüenza, la indefensión
o la suave legislación que permitía campar a sus anchas
a los violentos.
Trascendiendo a los casos que de vez en vez salpican
el corazón más insensible con cualquier persona vulnerable
como protagonista, quisiera detenerme sobre lo que acontece en el
ámbito del mayor, especialmente sobre los más mayores
y entre estos, los más dependientes, tanto en el ámbito
domiciliario o institucionalizados, sobre los que los medios de
comunicación reparan menos y los “sistemas de defensa”
diseñados no ofrecen ni con mucho posibilidades de ser eficaces
para acabar con un sufrimiento que a veces únicamente termina
con la muerte, a menudo llamada a gritos cuando no propiciada.
En los últimos tiempos hemos conocido su espectral
dimensión. Organismos como la OMS en su Informe “Violencia
y Salud” del año 2002, cifraba entre el 4 y 6% los
ancianos que declaraban haber sufrido violencia doméstica,
10 casos por cada 1.000 habitantes cada año, según
el National Center Elder Abuse de EE.UU., o en el contexto del domicilio
de nuestro país, hasta un 4,7% de los ancianos que recibían
algún tipo de ayuda en este marco, según acercan recientes
trabajos de la Profesora Bazo, pero, ¿qué parte del
maltrato en el mayor queda oculto?, ¿cuántos mayores
no pueden, no saben o no quieren denunciar esas situaciones?
El temor, la resignación, la escasa fe en ser escuchados,
la justificación de los violentos, especialmente cuando se
trata de “los suyos”, la dificultad para comunicarse
o el desconocimiento de las fórmulas y de sus derechos, hacen
que desde su espacio pocos acusen.
La incredulidad de familiares, unos frente a otros,
a menudo el desinterés, el miedo a represalias en el caso
de que el anciano se encuentre institucionalizado, secuestra a menudo
la voz de la propia familia ante estas aberraciones.
Los profesionales y el sistema, por negación,
por comodidad, también por temor, por un mal entendido corporativismo,
por la escasa trascendencia de denuncias anteriores, sostienen situaciones
de malos tratos en el marco de las instituciones alimentadas a menudo
por gestores que no quieren conflictos de este calado ni los efectos
perniciosos de una mala prensa.
Las cifras, las consecuencias, el deshonor de esta circunstancia
hace necesaria una renovada reflexión de la sociedad en su
conjunto y de todos los profesionales que trabajamos en el ámbito
gerontológico.
Durante el pasado Foro Internacional de ONGs sobre Envejecimiento,
prólogo a la 2ª Asamblea Mundial, la Red Internacional
para la Prevención del Maltrato al Anciano (INPEA) presentó
datos recogidos en siete países sobre la forma de percibir
los ancianos el maltrato, destacando como más relevantes,
el abandono y la exclusión social, la pérdida de respeto
(hasta en un 48% cuando el anciano se encontraba institucionalizado),
la violación de los derechos humanos, la incapacidad de poder
elegir, la imposibilidad de tomar decisiones y la pérdida
de su estatus. A esta interesante lista quedan por añadir
las agresiones físicas, verbales, emocionales y los engaños
legales y financieros.
Desgraciadamente son muchas las categorías de
maltrato (infantilización, despersonalización, deshumanización,
victimización) y las formas de maltrato y violencia contra
las personas mayores (abusos físico, sexual, psicológico,
financiero, negligencia, autonegligencia, abandono, vulneración
de sus derechos) que hemos de perseguir, porque también son
amplios los escenarios donde cada día se propician, habiéndose
instalado con demasiada frecuencia en el seno de nuestras instituciones
socio-sanitarias.
En nuestra Familia de “Enfermeros de la Vejez”,
la profunda reflexión ha comenzado y va a ser secundada con
acciones. Las hemos iniciado con la firma de un compromiso formal
con la Confederación Española de Organizaciones de
Mayores (CEOMA) suscribiendo su Programa “Desatar al Anciano”,
elaborando un Documento Técnico SEEGG sobre el Uso Racional
de Sujeciones, que muy pronto tendrán en sus manos, pero
con el ánimo de integrar ordenadamente en el futuro todas
las posibles acciones de defensa, protección, denuncia, al
tiempo que investigación y conocimiento específico
sobre estas áreas ruborizantes para una sociedad y una profesión,
a través de un Grupo de Trabajo Permanente de nuestra Asociación
que hemos presentado hace algunos días en el pasado X Congreso
Nacional de Alcalá de Henares.
Esperamos desde esta nueva plataforma ayudar con actuaciones
comprometidas y valientes ante un problema social de primer orden
aunque todavía poco visible, analizando la práctica
profesional e informal de los cuidados para determinar indicios
de maltrato y perseguirlos con rigor, sumando nuestro esfuerzo al
de otros muchos grupos sociales y profesionales para conseguir desvelar,
paliar y finalmente erradicar un problema severo que atenta contra
la dignidad humana y pone en peligro las bases en las que se asienta
todo grupo humano.
Nuestros mayores, han sido los responsables de construir
y consolidar los pilares en los que se sustenta el sistema
.
J. Javier Soldevilla Agreda
Presidente SEEGG
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