SOCIEDAD ESPAÑOLA
DE ENFERMERÍA
GERIÁTRICA Y GERONTOLÓGICA



GRUPO NACIONAL PARA
EL ESTUDIO Y ASESORAMIENTO EN
ÚLCERAS POR PRESIÓN
Y HERIDAS CRÓNICAS

 

 

  Números anteriores: Vol.14 nº1-2003

 
     EDITORIAL  
 

Ancianidad y Terminalidad. Frontera peligrosa

   Hace ya algún tiempo este mismo editorial lo dedicamos a reflexionar en torno a la proximidad, más filosófica que técnica, de los cuidados paliativos y los cuidados enfermeros en la vejez, especialmente como entenderán, en el grupo de los muy mayores y con severas dependencias. Aquel parangón, la similitud de muchos de los objetivos de nuestras intervenciones en ambos escenarios, el mandato de velar por el confort, de preservar por encima de todo la calidad de vida hasta que deje de reconocerse vida, la no agresividad en todos los planteamientos, la ayuda al buen morir. Todos estos aspectos estaban dibujados con sensatez ante numerosos mayores con grave afectación de la salud, de perniciosa y severa cronicidad, de invalidez extrema, de dificultad para rescatar independencia “por agotamiento”, como lo estaban en cualquier otro enfermo de cualquier edad en situación de terminalidad.
Hoy sigo reclamando justicia en el trato para ellos, leyes que protejan de acciones inadecuadas, de cuidados innobles y contranatura; pero también hoy, quiero compartir un dictado personal, quizá erróneo, un temor alimentado por la visión de actos, por el contenido de conversaciones de profesionales desde el box de urgencias hasta el seno de instituciones y unidades teóricamente entrenadas para afrontar la enfermedad crónica, la respuesta ralentizada en los tratamientos y las escasas compensaciones en términos de restablecimiento de salud de esos grupos de población mayor.
Hoy vuelvo a rebuscar en la más íntima de las condiciones, en el saco de las actitudes que nos acompañan en nuestra vida profesional y personal.
Os hablaré de una frontera peligrosa. Junto a denunciadas situaciones en los últimos años de clara dejación profesional cuando el objeto era una anciano, creo que se ha abierto un silencioso gran cajón en el que depositamos omisiones, escaso entusiasmo, intervenciones pobres en el orden diagnóstico, terapéutico, también en el más puro ejercicio del cuidado, al amparo de acciones humanitarias, de ese imperativo ante alguien en situación de terminalidad, cuando el que está frente a nosotros no cumple ni mucho menos con ese perfil.
Me da miedo que bajo el disfraz de la generosidad, del “buen hacer”, a menudo “no hacer” que la filosofía de los cuidados paliativos predica, se anticipen acciones puramente paliativas, se erradiquen intervenciones dirigidas a restablecer función, sin tan siquiera intentarlas.
No sé expresar con más claridad mis sentimientos. No quisiera, como alguien pudiera vislumbrar, elaborar una pura denuncia ageísta porque son sólo mis sensaciones y seguro sesgadas. Quiero llamar vuestra atención, invitaros a analizar rutinas, comportamientos, conversaciones y actos en cualquier nivel donde se esté cuidando de mayores. Pediros que os detengáis unos instantes para inspeccionar vuestro interior más profundo, el depósito de esos valores a los que me referí.
Procuremos mediante la reflexión crear una vara de medir que no engañe, ni a propios ni a extraños, un patrón individual que sepa marcar el techo óptimo de mis intervenciones, un reactivo que cambie de color cuando la dirección de mis cuidados esté errada. Una música que aliente la lucha, la intensividad, el énfasis en terapias de rehabilitación y recuperación o bien melodías acordes para una muerte dulce.
Sé que es una frontera estrecha, tanto como la que separa los términos vejez y enfermedad; sin embargo, ante cada persona mayor que mañana debamos cuidar, os pido esa concienzuda reflexión y debate personal, que podamos trasladar al equipo.
Venzamos formas cómodas de actuar. Luchemos para desterrar el credo de “poca gloria” que da el servicio a personas con un futuro incierto, cuando menos corto. No caigamos en la tentación de cubrir con el manto de la vejez situaciones mejorables en la salud en términos de independencia, de autonomía. Hagamos una piña contra aquellos que siguen denostando en su vida profesional todo lo relacionado con el “ser viejo”. Revisemos y cultivemos valores que hagan más claro el rumbo de nuestros cuidados.
Siento que el primer grupo de los mayores de nuestra sociedad está saliendo de la marginalidad. Los más jóvenes, los más sanos, los más independientes en todos los órdenes, están acercándose a la paridad con el adulto maduro.
Una vez más, nuestra voz habrá de ser la que aquellos, los más mayores, los más dependientes, sobre los que se ceba el germen más virulento de la vulnerabilidad. Estamos moralmente condenados a reclamar por ellos, a mejorar nuestro aprendizaje en su cuidado y como hoy he intentado hacer, a reflexionar a diario.

J. Javier Soldevilla Agreda
Presidente SEEGG

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Vol. 14 nº1-2003

 



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