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Ancianidad y Terminalidad.
Frontera peligrosa
Hace ya algún
tiempo este mismo editorial lo dedicamos a reflexionar en torno
a la proximidad, más filosófica que técnica,
de los cuidados paliativos y los cuidados enfermeros en la vejez,
especialmente como entenderán, en el grupo de los muy mayores
y con severas dependencias. Aquel parangón, la similitud
de muchos de los objetivos de nuestras intervenciones en ambos escenarios,
el mandato de velar por el confort, de preservar por encima de todo
la calidad de vida hasta que deje de reconocerse vida, la no agresividad
en todos los planteamientos, la ayuda al buen morir. Todos estos
aspectos estaban dibujados con sensatez ante numerosos mayores con
grave afectación de la salud, de perniciosa y severa cronicidad,
de invalidez extrema, de dificultad para rescatar independencia
“por agotamiento”, como lo estaban en cualquier otro
enfermo de cualquier edad en situación de terminalidad.
Hoy sigo reclamando justicia en el trato para ellos, leyes que protejan
de acciones inadecuadas, de cuidados innobles y contranatura; pero
también hoy, quiero compartir un dictado personal, quizá
erróneo, un temor alimentado por la visión de actos,
por el contenido de conversaciones de profesionales desde el box
de urgencias hasta el seno de instituciones y unidades teóricamente
entrenadas para afrontar la enfermedad crónica, la respuesta
ralentizada en los tratamientos y las escasas compensaciones en
términos de restablecimiento de salud de esos grupos de población
mayor.
Hoy vuelvo a rebuscar en la más íntima de las condiciones,
en el saco de las actitudes que nos acompañan en nuestra
vida profesional y personal.
Os hablaré de una frontera peligrosa. Junto a denunciadas
situaciones en los últimos años de clara dejación
profesional cuando el objeto era una anciano, creo que se ha abierto
un silencioso gran cajón en el que depositamos omisiones,
escaso entusiasmo, intervenciones pobres en el orden diagnóstico,
terapéutico, también en el más puro ejercicio
del cuidado, al amparo de acciones humanitarias, de ese imperativo
ante alguien en situación de terminalidad, cuando el que
está frente a nosotros no cumple ni mucho menos con ese perfil.
Me da miedo que bajo el disfraz de la generosidad, del “buen
hacer”, a menudo “no hacer” que la filosofía
de los cuidados paliativos predica, se anticipen acciones puramente
paliativas, se erradiquen intervenciones dirigidas a restablecer
función, sin tan siquiera intentarlas.
No sé expresar con más claridad mis sentimientos.
No quisiera, como alguien pudiera vislumbrar, elaborar una pura
denuncia ageísta porque son sólo mis sensaciones y
seguro sesgadas. Quiero llamar vuestra atención, invitaros
a analizar rutinas, comportamientos, conversaciones y actos en cualquier
nivel donde se esté cuidando de mayores. Pediros que os detengáis
unos instantes para inspeccionar vuestro interior más profundo,
el depósito de esos valores a los que me referí.
Procuremos mediante la reflexión crear una vara de medir
que no engañe, ni a propios ni a extraños, un patrón
individual que sepa marcar el techo óptimo de mis intervenciones,
un reactivo que cambie de color cuando la dirección de mis
cuidados esté errada. Una música que aliente la lucha,
la intensividad, el énfasis en terapias de rehabilitación
y recuperación o bien melodías acordes para una muerte
dulce.
Sé que es una frontera estrecha, tanto como la que separa
los términos vejez y enfermedad; sin embargo, ante cada persona
mayor que mañana debamos cuidar, os pido esa concienzuda
reflexión y debate personal, que podamos trasladar al equipo.
Venzamos formas cómodas de actuar. Luchemos para desterrar
el credo de “poca gloria” que da el servicio a personas
con un futuro incierto, cuando menos corto. No caigamos en la tentación
de cubrir con el manto de la vejez situaciones mejorables en la
salud en términos de independencia, de autonomía.
Hagamos una piña contra aquellos que siguen denostando en
su vida profesional todo lo relacionado con el “ser viejo”.
Revisemos y cultivemos valores que hagan más claro el rumbo
de nuestros cuidados.
Siento que el primer grupo de los mayores de nuestra sociedad está
saliendo de la marginalidad. Los más jóvenes, los
más sanos, los más independientes en todos los órdenes,
están acercándose a la paridad con el adulto maduro.
Una vez más, nuestra voz habrá de ser la que aquellos,
los más mayores, los más dependientes, sobre los que
se ceba el germen más virulento de la vulnerabilidad. Estamos
moralmente condenados a reclamar por ellos, a mejorar nuestro aprendizaje
en su cuidado y como hoy he intentado hacer, a reflexionar a diario.
J. Javier Soldevilla Agreda
Presidente SEEGG
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